Del suelo al silabario: cuando una hija vuelve a descubrir a su madre
STAFF Cartelera Escénica, 30 de septiembre 2026
Una maestra rural, una hija que la lleva al escenario y una memoria que se convierte en teatro
El fin de semana pasado me tocó asistir a la Sala Experimental del Teatro de la Ciudad para ver Del suelo al silabario de Sonia Gregorio, una puesta en escena que, desde el principio, parece hablar de una maestra y de una escuela rural, pero que poco a poco termina hablando de algo mucho más cercano: la memoria, los vínculos familiares y esas personas que, después de haber pasado por nuestra vida, permanecen en nosotros mucho más tiempo del que imaginamos.
Y quisiera empezar diciendo algo que pocas veces se puede afirmar de manera tan directa en una nota: vale mucho la pena ver esta obra.
Del suelo al silabario recupera la memoria de Minerva Coronado Torres, maestra rural originaria de San Luis Potosí, y su experiencia al llegar a San Juan de Matanzas para hacerse cargo de una primaria multigrado. Allí, una sola maestra debía atender los seis grados escolares.
La puesta parte de sus recuerdos, fotografías, documentos y testimonios para reconstruir una experiencia que pertenece a una época y a un territorio muy específicos, pero que termina encontrando resonancias mucho más amplias. Es el retrato de una mujer que se enfrenta a la escasez de recursos, a las desigualdades que condicionan el acceso a la educación y a las dificultades propias de enseñar en una comunidad rural.
Podría haber elegido convertirse en una crítica frontal al sistema educativo mexicano y a las condiciones en las que históricamente han trabajado muchos docentes. Sin embargo, Del suelo al silabario toma otro camino: reconoce el oficio de enseñar.
Y ahí está una de sus mayores virtudes. La obra pone en el centro a la maestra, no como una figura idealizada, sino como una mujer que recuerda, que cuenta, que vuelve sobre su propia historia y que, al hacerlo, también recupera una parte de sí misma.
Una historia de madres e hijas
Hay algo particularmente poderoso en esta puesta en escena: Minerva Coronado no solamente es el personaje central de la historia. Es también la mujer que está ahí, frente al público, compartiendo el escenario con su hija, Mayra Vargas.
Y ese hecho transforma la experiencia.
Porque mientras vemos a la maestra contar su propia vida, también estamos viendo a una hija reconstruir la imagen de su madre. Ahí aparece una de las capas más interesantes del montaje.
Minerva es la madre de Mayra, pero sobre el escenario también es “la maestra”. Mayra es su hija, pero al mismo tiempo es quien dirige, quien conoce las herramientas del teatro y quien, en determinados momentos, conduce a su propia madre por el escenario.
Por instantes, los papeles familiares parecen invertirse.
La madre, que durante toda una vida fue quien enseñó, ahora se deja guiar por su hija.
Y la hija, que durante toda su vida conoció a Minerva como su madre, tiene la posibilidad de volver a conocerla como la maestra que alguna vez fue.
Ese pequeño desplazamiento es, quizá, uno de los grandes hallazgos humanos de la obra.
Porque deja de tratarse solamente de la historia particular de una profesora rural. Empieza a hablar de algo que nos resulta mucho más universal: ¿cuánto conocemos realmente a nuestros padres?
Y quizá el teatro tiene la capacidad de hacer justamente eso: permitirnos mirar a una persona conocida desde un lugar desconocido.
En Del suelo al silabario, Mayra vuelve a mirar a su madre.Y nosotros, como espectadores, tenemos el privilegio de mirar con ella.


Fotografías: RICARDO GENERAL
¿Por qué tenemos que ver esta obra?
Quizá la pregunta correcta no sea solamente por qué deberíamos ver Del suelo al silabario, sino qué sucede cuando una historia aparentemente pequeña consigue hablarnos de algo mucho más grande.
La respuesta está en sus detalles.
Y, sobre todo, en la relación entre dos mujeres que comparten una historia, pero que no la han vivido de la misma manera.
La obra también representa una evolución importante dentro del trabajo de Mayra Vargas como creadora escénica. Y en esta ocasión el reto es particularmente complejo: llevar al escenario la vida de su propia madre y hacerlo compartiendo con ella el espacio escénico.
Mayra ha dirigido, entre otros trabajos, Clipperton, de David Olguín, y Los signos del zodiaco, de Sergio Magaña. También estuvo al frente de El apocalipsis llega a las seis de la tarde, de Gueorgui Gospodinov, presentado en distintos espacios de la escena regiomontana.
Una obra que reconoce a quienes enseñan
Hay una frase que podría resumir buena parte de la experiencia de Del suelo al silabario: hay personas que dejan de estar frente a un grupo de alumnos, pero nunca dejan de ser maestras.
La educación suele medirse en cifras, grados, resultados, infraestructura y estadísticas. El teatro puede recordarnos otra dimensión: la de la huella.


Fotografías: RICARDO GENERAL




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