Omphalos en Mty: cuando la gravedad deja de ser una certeza

El pasado fin de semana, el Teatro de la Ciudad abrió sus puertas a Omphalos, un impactante espectáculo de danza contemporánea del coreógrafo franco-belga Damien Jalet, que reunió en escena a 20 bailarines del Centro de Producción de Danza Contemporánea (CEPRODAC).

El recinto estuvo cerca de su máxima capacidad. Desde las butacas, el público se preparaba para descubrir una de las propuestas escénicas de gran formato más singulares que han llegado a Monterrey: una danza construida sobre una monumental antena parabólica que, poco a poco, transforma el escenario en un territorio donde las leyes de la gravedad parecen dejar de funcionar.

La obra, estrenada originalmente en 2018, regresa a México con una propuesta que combina danza, escenografía, música, iluminación y diseño de vestuario para construir una experiencia visual de gran potencia.

¿Qué significa Omphalos?

La palabra griega omphalos significa “ombligo” y hace referencia al centro u origen del mundo.

La obra parte de un antiguo mito griego relacionado con Zeus y dos águilas que, enviadas desde extremos opuestos del mundo, se encontraron en un mismo punto: el centro de la Tierra.

Jalet establece un diálogo entre esta idea y la cosmovisión mexicana. Aquí, el águila adquiere otra dimensión simbólica al encontrarse con la serpiente y con el relato fundacional de México-Tenochtitlan.

Así, Omphalos propone una reflexión sobre el centro: el origen, el territorio y nuestra relación con aquello que consideramos el punto desde donde comienza el mundo.

Pero ¿quién es Damien Jalet?

Damien Jalet es un coreógrafo franco-belga cuya trayectoria internacional atraviesa algunos de los escenarios y compañías más importantes de Europa y América.

A lo largo de su carrera ha trabajado como bailarín y coreógrafo con agrupaciones como Les Ballets C de la B, Sasha Waltz & Guests, Chunky Move, Eastman, NYDC, Hessisches Staatsballett, Ballet de la Ópera de París, Scottish Dance Theatre, Compañía de Danza Islandesa y GöteborgsOperans Danskompani, entre otras.

Su trabajo también ha trascendido el escenario.

Jalet recibió reconocimiento internacional por sus coreografías para Suspiria, la película dirigida por Luca Guadagnino, y coreografió íntegramente ANIMA, dirigida por Paul Thomas Anderson y protagonizada por Thom Yorke.

También colaboró con Madonna como asesor creativo para su gira Madame X, para la cual coreografió cuatro números.

Es una trayectoria extensa, pero conocerla permite dimensionar el lenguaje escénico que hay detrás de Omphalos.

Cuando la gravedad se convierte en dramaturgia

La función comienza en oscuridad absoluta.

Durante unos instantes no sabemos qué estamos mirando. Poco a poco, una estructura comienza a revelarse. Primero aparecen fragmentos; después comprendemos que estamos frente a una enorme antena parabólica inclinada, de aproximadamente doce metros de diámetro y seis metros de altura.

La estructura no funciona simplemente como escenografía. Es el territorio mismo de la obra.

Los bailarines entran en ella, la recorren, ascienden, descienden y modifican constantemente nuestra percepción del espacio. El movimiento de la antena altera las referencias habituales y obliga al espectador a preguntarse dónde está realmente el arriba, dónde está el abajo y qué significa permanecer de pie.

La gravedad deja entonces de ser únicamente una condición física y se convierte en un elemento dramatúrgico.

No es la primera vez que Jalet explora esta relación.

En 2017 presentó Skid para la compañía de danza de la Ópera de Gotemburgo, una pieza interpretada por 17 bailarines sobre una plataforma de diez metros cuadrados inclinada a 34 grados. En aquella obra, como en Omphalos, la inclinación del espacio modifica radicalmente la relación del intérprete con el movimiento.

Una antena convertida en paisaje

Uno de los grandes aciertos de Omphalos es su escenografía.

Diseñada por el reconocido escenógrafo mexicano Jorge Ballina, la monumental estructura está inspirada en una antena parabólica abandonada en Stenigot, Inglaterra, construida durante la Segunda Guerra Mundial.

En escena, el artefacto adquiere otra dimensión. Parece una estructura llegada de otro tiempo o, quizá, una ruina perteneciente a un futuro que todavía no conocemos.

La antena podría haber sido únicamente un objeto espectacular. Sin embargo, la coreografía consigue apropiársela progresivamente.

Al principio, nuestra mirada se concentra en la enorme estructura. Pero conforme avanza la pieza, los bailarines comienzan a disputarle el protagonismo.

La coreografía se convierte en una verdadera proeza física.

El cuerpo humano intenta dominar un espacio que constantemente cambia de posición. Cada desplazamiento exige precisión, fuerza, equilibrio y una extraordinaria conciencia espacial.

Y es precisamente ahí donde Omphalos encuentra buena parte de su potencia: cuando dejamos de mirar a los bailarines simplemente como intérpretes y comenzamos a observarlos como cuerpos que luchan contra un espacio que parece negarse a permanecer estable.

Vestuario, sonido y luz

Los vestuarios, diseñados por el belga Jean-Paul Lespagnard, contribuyen a construir la atmósfera futurista de la pieza.

No se sienten como un elemento independiente, sino como parte de ese paisaje extraño en el que conviven lo ancestral, lo tecnológico y lo postapocalíptico.

La música cumple también una función fundamental.

El diseño sonoro fue creado por el reconocido compositor japonés Ryuichi Sakamoto, ganador del Óscar y del Grammy, en colaboración con Marihiko Hara.

La propuesta sonora busca envolver al espectador y ampliar la dimensión espacial de la obra. Sin embargo, durante esta función, por momentos el volumen y la intensidad del sonido resultaron excesivos, lo que dificultó disfrutar plenamente algunos pasajes de la experiencia.

El diseño lumínico de Víctor Zapatero se convierte en uno de los grandes aliados de la puesta.

La iluminación no se limita a iluminar la acción: modela el espacio, modifica nuestra percepción de la estructura y contribuye a generar esa sensación de inmensidad que necesita un espectáculo de estas dimensiones.

Luz, sonido, movimiento y arquitectura escénica terminan construyendo un mismo organismo.

¿Vale la pena ver Omphalos?

Desde Cartelera Escénica consideramos que sí vale la pena acercarse a Omphalos.

Pero quizá lo más interesante no sea solamente preguntarnos si el espectáculo es “bueno” o “malo”, sino reconocer la dimensión de lo que significa producir una obra de estas características.

Reunir a un equipo artístico internacional, una compañía de 20 bailarines, una estructura escenográfica monumental y un equipo de creadores de distintas disciplinas implica una enorme complejidad de producción.

Omphalos es también un ejemplo de lo que puede suceder cuando diferentes instituciones, empresas y plataformas culturales participan en la construcción de un proyecto de gran formato.

La producción cuenta con apoyo de Efiartes y con el patrocinio de empresas privadas como Grupo Peñafiel, Pastelerías Marisa, HEMOECO y Babilonika, además de la participación de plataformas e instituciones como ABRA Projects, MOVES, el Conjunto Santander de Artes Escénicas y el Centro Nacional de las Artes (Cenart).

Y quizá ahí aparece una de las preguntas que deja la obra más allá del escenario:

¿Qué necesitamos para que espectáculos de esta escala puedan existir con mayor frecuencia en nuestras ciudades?

Porque Omphalos no solamente exige bailarines capaces de desafiar la gravedad. Exige también infraestructura, inversión, colaboración institucional, producción y un público dispuesto a encontrarse con propuestas que salen de los formatos convencionales.

Para quienes están en Monterrey, además, puede ser una buena excusa para viajar.

Omphalos continúa su recorrido y vale la pena seguirle la pista para descubrir en qué ciudad se encuentra. Porque hay espectáculos que uno simplemente puede ver, y hay otros que justifican el viaje para vivirlos.

Omphalos pertenece a estos últimos.

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